Revista todo el Domingo

Revista todo el Domingo

“Pasen por aquí. ¿Qué les puedo ofrecer? ¡Agua, un heladito?” Si uno está de visita en la fábrica de Crema Paraíso, no hay que ser un genio para intuir que el vaso de agua tiene todas las de perder.

Y si toca inmolarse- todo sea por el decoro y la buena educación, clarito está ante la copa sublime de helado de mora, tuttifrutti y de oreo que acaba de materializarse con platico y cucharilla en la sala de reuniones, pues que sea lo que Dios quiera. La historia nos absolverá. ¿hay alguien que de verdad prefiera el agua? “No te creas. Uno que otro”, se ríe Anita Katz, duela de la compañía, mientras hinca con entusiasmo la cucharilla en su propia copa.

Cualquiera pensaría que está completamente harta de comer helado desde que nació, pero la hija de Adalberto Katz, un checoslovaco judío que fundo Crema Paraíso en 1953, no sufre de eso. ¿Aburrirme? No, no te cansas. Lo máximo es probar el fondito del heladito liquido cuando esta recién hecho”, dice con picardía.

Tras el fallecimiento de su padre el año pasado, esta maestra y productora musical- una de las creadoras de la coqueta Juana La Iguana- lleva las riendas de la cremosa tradición que en un momento alcanzo 26 sucursales.

Desde hace un tiempo, las heladerías de esa marca tienen otros dueños; los Katz solo manejan las fabrica. “De todos modos aquí hacemos todos los helados que se venden en esas tiendas, que son concesionarios nuestros. También
preparamos la salsa alemana.

A mediados de los años 60, una barquilla de Crema Paraíso costaba un real.

Un sundee valía dos bolívares, mientras que medio litro de merengada de cualquier sabor valía 1,50. de los perroscalientes de Crema Paraíso, la capita de chocolate, los siropes, la limonada Kindy y la crema chantilly que llevan muchas de las fresas que se venden en La Colonia Tovar”, explica. “El verdadero experto en helados era mi papa, que fue quien levantó todo esto. Parte de su éxito es que era muy tradicional, muy conservador con sus sabores; por eso la gente nos dice que un banana boat todavía les sabe igual al que comían cuando era niños. El no cambiaba las recetas, y a eso se suma que tenemos empleados que tienen 40 años trabajando con nosotros”, señala.

Desde Mérida, tras el mostrador de su negocio, el contraste máximo es Manuel Da silva, fundador y propietario de la Heladería Coromoto. Con su insólita variedad de sabores, el creador de uno de los iconos merideño más visitados no lo piensa mucho: cuando prueba algún ingrediente interesante, se lo imaginaba frio y cremoso y lo hace realidad. La formación de este inmigrante de Oporto como heladero- asegura- es completamente autodidacta. “Yo mismo me puse a inventar.

Empecé haciendo lo típico: fresa, mantecado, coco, chocolate. Un día se me ocurrió hacer la prueba con aguacate a ver como quedaba y a partir de ahí empecé a hacer helados de todo: de hamburguesas, caraotas, catalina con leche, rosas, jamón y queso, manzanilla, curruchete, camarones. Tengo de Cocosette, champiñones al vino, crema de cangrejo, kiwi, pabellón criollo. La gente si se atreve a probar”.

Da silva ya está acostumbrado a los reflectores. Por su local en la Avenida 3 Independencia- abierto desde hace 28 años- han desfilado turistas, cronistas y canales de televison de todas partes del mundo, atraído por la surrealista conjunción en sus neveras. Después de haber entrado por primera vez al Libro de Records Guinness en 1991 con 368 sabores, y de reincidir en 1996 cob 593, Da silva ofrece actualmente una variedad de 855 propuestas.

No todas- claro está- están siempre disponibles para su clientela. “Lo que hacemos es peparar 75 sabores diarios. Unos son fijos y otros los vamos cambiando todos los días”. Sus gélidas recetas son secretas. “por aquí vino una vez un señor italiano que decía que como yo era el rey de los helados, tenía que enseñarlo a hacerlos. Yo le decía que yo no era rey de nada, pero él estaba empeñado en que la única forma de hacer tantos sabores con esa textura era echándoles un tolete de manteca o algo así. Le mostré en la cocina que así no se hacían. El truco es ir probando”, asegura. Despues de haber hecho helados de ajo y de pepitonas, ¡cual es el sabor que menos le agradaba? “el de picante no me gusta. Es muy fuerte”, confiesa con gracia. “Pero los mexicanos siempre lo piden, así que lo dejamos”.

100% original. Cuando el milanes Alberto Rizzitelli vino como turista a finales de los 50, no encontraba heladería de estilo italiano en Caracas. Se le prendió Anita Katz. “Para cualquier experto en mercadeo, sería un sueño asumir una marca tan posicionada como Crema Paraíso, que ha logrado sobrevivir durante más de medio siglo. Eso para nosotros es un honor y una responsabilidad enorme. Parte del éxito es haber mantenido la misma esencia desde sus inicios, y eso no lo vamos a cambiar. Ahorita sólo estamos refrescando un poco la imagen, reorganizándonos y estudiando nuestras posibilidades de crecer.”

En el camino, también se divierte. Admitámoslo: cualquiera que sueña con trabajar en una fábrica de helado, se imaginaria a sí mismo con la boca abierta debajo de su máquina favorita. ¿El primer gaje de su nuevo oficio? “Engordé unos kilos”, se ríe. ¿No es el mejor oficio del mundo? “Puede ser. Lo cómico es que trabaja en eso, la gente se imagina que vives como Willy Wonka”.

Anita Katz
Crema Paraíso

Su sabor favorito: Mantecado, con capita dura de chocolate.

“Lo que más asocian con nosotros es la tradición. Siempre alguien tiene un recuerdo bonito de cuando su abuela lo llevaba a comer helado si sacaba buenas notas”.

El rey de la crema

“Hace 55 años, mi papá empezó Crema Paraíso con una máquina de barquillas y otra de helado suave, en el garaje de una quinta en El Paraíso”, recuerda Anita Katz sobre los inicios de un concepto que con el tiempo sumó merengadas, pizzas y perrocalientes. “Si se quiere, fue uno de los pioneros de las cadenas de comida rápida en Caracas, porque en esa época aún no había franquicias ni nada parecido. Lo curioso es que él nunca hizo publicidad a gran escala, cuando quería promocionar su negocio, lo hacía él mismo. Una vez, en la fachada de una de las tiendas, puso el fuselaje de una avioneta como si se hubiera estrellado, y por supuesto que a la gente le llamó muchísimo la atención. Tenía un cartelito que decía: “Esto no fue un accidente. Es un aterrizaje forzoso para comer en Crema Paraíso”. Otras veces metía cupones válidos por un helado en globos de helio y los soltaba, y en esos días llegaba la gente a canjearlos”. Sonríe la hija. “Lo que nunca le gustó fue rotular los camiones, porque el pedido nunca llegaba completo.

Había gente que veía el logotipo de Crema Paraíso, los paraba y martillaba al chofer hasta que les diera helado”.

administrador